in

Cerrojazo a los sueños en la frontera

Soraya Fernández · Fotos: Fran Montes y Concejalía de Cultura de La Línea

Una linense y un gibraltareño cuentan cómo sufrieron el cierre de la Verja y cómo rehicieron sus vidas, la primera en Castellón y Madrid, y el segundo, en Estados Unidos.

“Salimos de La Línea en enero de 1970 por el cierre de la Verja. Iba a cumplir 17 años y estaba muy asustada por marcharme a un sitio desconocido, dejar a mis amigos, mis estudios en el instituto Menéndez Tolosa, parte de la familia y toda mi vida”.

Gibraltar-Closure-of-the-frontier-1940s-Reach-Alcance

Así comienza el sobrecogedor testimonio de Matilde, una de las miles de personas que se tuvo que marchar de La Línea tras el cierre de la Verja en junio de 1969.

Es una de las conmovedoras historias que está recabando la concejalía de Cultura de La Línea, que dirige Encarni Sánchez, con motivo del 50 aniversario de dicho cierre para visibilizar lo que ocurrió y evitar que se repita.

De hecho, la iniciativa cuenta con una página web abierta a testimonios, fotografías y documentos de la época (50yquenoserepita.com)

El testimonio de Matilde -omitimos su apellido por recomendación de la concejalía de Cultura- parece de novela, pero es una historia real.

Gibraltar-Closure-of-the-frontier-1940s-Reach-Alcance

«Nos fuimos un sábado de noche de tormenta y lluvia a la estación de San Roque. Debido al temporal estaban cortadas parte de las vías y nos llevaron por otro camino más largo. No llegamos a Valencia hasta el domingo por la tarde parando en casi todas las estaciones. Desde entonces no me gustan los trenes”, indica.

Explica que llegaron a Castellón por la noche “llorando por nuestra Línea”, que su padre consiguió un buen trabajo y ella decidió trabajar y estudiar. “Me coloqué en una oficina de una fábrica de construcciones. Lo pasé fatal porque no entendía el valenciano. Me acostaba llorando”, relata.

Pero esta historia tiene un lado más dulce. En Castellón había más familias linenses que se vieron obligadas a emigrar también. “Formamos una pandilla de chicos y chicas de nuestro pueblo y lo pasábamos muy bien”.

“No olvido a mi pueblo”

Gibraltar-Closure-of-the-frontier-1940s-Reach-Alcance

Matilde aprendió valenciano y sólo tiene elogios para su ciudad de acogida: “Castellón es una ciudad pequeña pero se vive muy bien y los castellonenses, cuando te conocen y te dan su amistad, es para toda la vida; aunque no olvido a nuestro pueblo y volvería con los ojos cerrados”.

Asegura que terminó adaptándose, que era feliz en el trabajo y que los fines de semana salía con la pandilla de linenses:

“Siempre acordándonos de nuestro rinconcito en el sur. Ninguno nos habíamos visto en La Línea. Unos eran de La Atunara, otros de La Colonia, y otros del centro, pero hicimos muy buena amistad”.

Matilde se casó y se trasladó con su marido a Madrid, donde formaron una familia.

“Ahora mi corazón está partido. A mis hijos le tira mucho la capital, mi familia y la de mi marido están en Castellón, y yo añoro mucho La Línea, cada día más. Si me tocara algo me compraba una casa allí abajo para pasar temporadas. Pienso mucho en mis padres y mi tía, que murieron con la pena de estar lejos de La Línea”, concluye.

Un gibraltareño en EEUU

Gibraltar-Closure-of-the-frontier-1940s-Reach-Alcance

Otro de los testimonios recabados por la concejalía de Cultura de La Línea es el de David Álvarez, un gibraltareño que lleva en Estados Unidos desde 1989.

“Nací en 1965 en Gibraltar, donde me crié con la frontera cerrada. El año en que la Verja por fin abrió emigré a Inglaterra y de ahí a los EEUU”, explica.

Define como aire “infumable” el que se respiraba en Gibraltar debido al bloqueo que soportó la población durante 13 años.

“Recuerdo eso y el contraste entre las vistas panorámicas de las que podíamos disfrutar desde las alturas del Peñón y la estrechez de nuestras calles y callejuelas mientras estábamos sometidos a un cruel bloqueo, forzosamente aislados de nuestro entorno natural”.

Confiesa que además del “sentimiento cotidiano de estar viviendo en una suerte de prisión al aire libre dotada con vistas estupendas”, recuerda lo extraño que le resultaba “desconocer, no ya España en su conjunto, sino a nuestros vecinos, a los campogibraltareños”.

David se fue antes de cumplir su deseo de conocer a fondo el Campo de Gibraltar y familiarizarse con sus costumbres, geografía y su gente.

Pese a ello, cuenta que entre 1983 y 1985 cruzaba la Verja cada vez que podía para pasear por la calle Real de La Línea, “donde me sentaba al fresco en una cafetería para leer el periódico mientras tomaba un café y me fumaba un Ducados”.

Aquellos momentos le llenaban “de gozo” y afirma que cuando regresa a Gibraltar, procura ir al ‘Okay’ de La Línea “para volver a saborear esos deleites cotidianos que tan feliz me hicieron después de que por fin acabara ese encierro tan largo y antinatural que padecimos casi todos los gibraltareños de mi generación”.

¿Qué piensas?

1 point
Upvote Downvote
El-Instituto-de-Estudios-Campogibraltarenos-2

El Instituto de Estudios Campogibraltareños

Pablo Bellido: el desconocido nexo entre La Línea y Guadalajara